La primera vez que vi ese comercial donde una pareja embarazada van a su viaje a la playa, y de repente los desvían hacia la montaña, realmente me impactó. Ese comercial lo vi cuando mi pequeño Joaquín era un bebé, y pensé “si la maternidad en sí conlleva mucho esfuerzo, que valientes las mamis que tienen niños con necesidades especiales”. Jamás imaginé que un día me convertiría en una de esas mamis.

Con un embarazo complicado, y un parto prematuro, donde mi pequeño nunca lloró, el lóbulo frontal del cerebro de mi hijo no maduró lo necesario, lo cual trajo consecuencias.

Como mamá primeriza, quien ve a su hijo con tanto amor, pensaba que todo su proceso de crecimiento era normal, acorde a su edad, después de todo, cada niño tiene sus tiempos, y pensábamos con mi esposo que ese era nuestro caso. Nunca fue un bebé sociable, prefería ir siempre al parque a hacer las mismas cosas, jugar los mismos juegos, recorrer los mismos senderos, y de preferencia, estar solo. Cuando entró a la guardería tenía dos años y medio, su adaptación fue terrible, lloraba todos los días, sus profesoras me daban animo diciendo que normalmente les toma 1 mes la adaptación, a mi pequeño le tomó 6 meses! Yo lloraba dudando de mi capacidad como mamá, de no saber si estaba haciendo lo correcto. Para entonces, ya había nacido su hermanita y él estaba pasando por muchos procesos nuevos, tantos que simplemente no los podía manejar. Todos los días eran berrinches y llantos, a veces en lugares públicos, al punto de sentir las miradas prejuiciosas de la gente diciendo “niño malcriado”. Y es que mi hijo no es malcriado, es diferente. Hubo un día que su profe de la escuela pidió una evaluación de lenguaje ya que mi hijo hablaba pero no se comunicaba, el diagnostico arrojó “ecolalia severa”. Cuando averigüe sobre el tema en un grupo de mamis en Facebook, una mami mencionó la palabra “autismo”. Yo inmediatamente me negué, me cerré, lo obvié, lo oculté, pero en mis noches de insomnio, no podía dejar de repetirme esa palabra atemorizante una y otra vez. No podía dejar que la incertidumbre me mate, así que empecé a leer e investigar, y cuando aprendí sobre trastornos del espectro autista (TEA) y vi los rasgos de un niño Asperger, entendí por primera vez a mi pequeño. Aceptar su condición fue lo más difícil que hemos pasado como familia, cercana y extendida, sus abuelos decían “es un niño normal, un poco inquieto nomas”. ¡Y es que él sí es un niño normal! Está tan estereotipada la palabra “autismo” que cuando se la escucha, todos esperamos que sea una persona con la mirada perdida, ensimismada de manera extrema, alguien “anormal”, y la verdad es que el resto somos neurotípicos y ellos no.

Como mamá me convertí en aprendiz de mi hijo, aprendí a ver el mundo de la manera que él lo ve, y es que tampoco fue difícil, él y yo tenemos una conexión en la que únicamente yo lo entiendo, podría decirse que en un 90%, ese 10% aún le quedo debiendo. Con él he aprendido a vivir un día a la vez, a ser curiosa e investigar sobre sus comportamientos, actitudes, pensamientos estrictos, mente inflexible, memoria impresionante, lenguaje sofisticado, sinceridad extrema, hiperactividad fatigosa, rechazo a las personas, juegos inentendibles, y así una lista sin fin. No faltan los días en que dudo de mí misma, de mi instinto, en el que no puedo dejar salir ese temor de no saber si las terapias son las correctas, de no saber porque su nuevo y molestoso comportamiento ha aparecido de repente, donde repaso una y mil veces que pudo pasar para que él esté desregulado y no pueda controlarse. Es cuando saco esas reservas de energía, porque debo volver a encontrar su ritmo, debo aprender a llegar a él, aunque sea en medio del supermercado, donde me siento a explicarle que está bien sentirse así, y lo abrazo en medio de la gente hasta que se calme, porque no importa que me miren o lo miren a él llorar, me importa él y nada más.

Como padres, la tarea de criar un niño Asperger es un trabajo de día a día, con terapias y ayuda constante debemos enseñarles a acoplarse a un mundo donde él nos debe de entender, ya que muchos no lo entenderán a él. Hoy por hoy soy parte de en un grupo de mamis con niños TEA, donde buscamos formar una sociedad más empática; donde nuestros hijos se sientan respetados, útiles, valorados, aceptados y amados; donde puedan sentirse autosuficientes y adaptados a su entorno. En el camino hemos encontrado personas que quieren aprender más sobre autismo, y otras que no, lo importante es que otros padres sientan que no están solos, que el camino no es fácil, pero que el recorrido puede ser placentero; y que con amor, paciencia y autoeducación podremos ayudar a nuestros hijos en lo que necesiten. Porque el amor incondicional es la clave de todo.

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