Fin de año, época de fiestas, cenas, regalos, novenas, amigos, familia, de todo menos de asuntos médicos. No, no. Era época de compartir, de olvidarse de todo y de disfrutar aquellos mágicos momentos que estarían por venir, vivir la ilusión de dar inicio a un nuevo período cargado de sorpresas y emociones. Así es como he vivido mis fines de año, pero ese, fue diferente.

Por la inclemencia de la velocidad del tiempo, así como la remota posibilidad de hacerme un chequeo médico de rutina por mi trabajo siempre demandante, aquel 30 de diciembre habíamos decidido con mi novio hacerme una revisión completa en uno de los centros médicos de la ciudad. Planificada con antelación, había tomado cita con una doctora Margarita, a quien no conocía en persona.  Ya saben cómo se maneja el asunto de la medicina prepagada. Es cuestión de tomar cita, contarle tu vida en un determinado lapso de tiempo a quien te toque en el turno asignado.

La Dra. Margarita resultó ser una ginecóloga excepcional, de dulce paciencia, así como de dominio magistral de su especialidad.  Acudí a la cita, esperé mi turno, entré. La Doctora Margarita tiene una sonrisa que te atrapa y una mirada en la que puedes descansar por la paz que te brinda. Su nombre conjuga de manera perfecta con su personalidad, su delicadeza, su profesionalismo.

Estábamos en el inicio de la consulta cuando golpean discretamente llamando a la puerta, alguien se asoma diciendo: “Maggy, atiéndele bien, verás que es esposa de mi primo “. ¿Primo? ¿Mi marido tenía un primo que era amigo de la Dra. Margarita? ¿O, su esposo? O, ¿compañero de aula de la Dra? El Pato, como le conocemos en casa, es nuestro querido Dr. Patricio, médico emergenciólogo, un maestro en lo que a desastres, emergencias y urgencias se refiere. Un experto en lo que para él es su pasión, la Medicina, así como el fútbol.

La Dra. Margarita sonríe y le dice con su natural delicadeza, “¡Por supuesto! “. Las preguntas de rigor, número de hijos, cirugías, toda mi historia médica hasta ese día y ahora, a la mesa. Sí, así es como le llaman a este artefacto donde los médicos ginecólogos le auscultan a una hasta el día del nacimiento, ¡todo! Como era solamente un examen de rutina, no había de qué preocuparse, ese bendito pap-test es algo que las mujeres debemos hacernos cada año y con lo que descartas o adviertes posibles diagnósticos cancerosos y cambios precancerosos. Súper molestoso, pero necesario, había que tomar fuerzas para el espéculo, la toma de muestra y el “ya, ya, falta poquito y terminamos “. El examen no pudo ser hecho de manera más sutil. La Dra. Margarita tenía unas manos de seda y una actitud divina frente a todo. Esperaba que el examen termine ya, quería vestirme, salir con la alegría de saber que todo estaba bien y que debía volver en seis o doce meses para un nuevo control, pero no fue así.

Un pap-test revisa entre otros, el cuello de cérvix y quienes lo realizan, al menos en mi experiencia, no se toman el tiempo de revisar otras áreas del aparato genital. Para mi suerte, la Dra. Margarita sí. Antes de saltar a vestirme con mis prendas interiores, la Dra. Margarita realizó un muy prolijo examen de todo, arriba, abajo, adentro, afuera. Qué extraño, nunca me habían hecho un examen así. Enseguida las preguntas de rigor, “¿Duele? ¿Pica? ¿Sangra? ¿Algún tipo de molestia? “mis respuestas fueron negativas a todas. “¿Has notado algo extraño?, ¿Hace cuánto tienes ésto? “¿Qué? No tenía idea de lo que me estaba preguntando. No podía imaginarme qué había ahí que causaba tanta curiosidad. De no haber sido por el examen tan prolijo que había realizado la Dra. Margarita, no habríamos encontrado nunca aquel montículo que se había alojado en un área tan compleja de mirar y difícil de encontrar. “Necesitamos un examen más profundo “ dijo, “hay que hacer una colposcopía “.

Era fin de año y las consultas y las colposcopias estaban lejos del calendario de fiestas. Había que esperar. La Dra. Margarita recomendó hacerme un examen completo para descartar sus sospechas, lo que ella había encontrado era algo inusual en una paciente de edad promedio, sin antecedentes.

No tenía ningún síntoma de nada, no sabía a qué se refería, no me dolía, ni me molestaba, nada. Solamente trataba de adivinar qué había ahí, ¿sería peligroso? ¿grande? ¿diferente?, solamente el ojo mágico del Dr. Claudio podría concluir a qué me estaba enfrentando.

Colposcopía, mesa ginecológica, luz, pantalla, médico, instrumental para el examen, los nervios, la paciente. El día había llegado. Ya teníamos una no muy continua relación con mi querido Dr. Claudio, pero a partir de ese día, nuestra relación sería cercana, profunda. Después de revisar los resultados del pap-test, no dijo mucho, me informó cómo sería el examen y que no demoraría en “tomar una muestra para biopsia “. ¿Una muestra? ¿para…biopsia? hace 9 años, las biopsias se hacían para analizar posibilidades (casi certeras) de cáncer. Este no será mi caso pensé. Esperé a que mi Doctor Claudio concluya su examen con la mejor predisposición y ayuda para que sea el último y para que, al finalizar, con total tranquilidad yo le escuche decir “Jessiquita, todo está bien “.

Nunca lo dijo. Apenas terminó con el examen me informó que enviaría a analizar a un laboratorio histopatológico de su confianza la muestra. Que debíamos esperar varios días por los resultados.

Varios días.

Después de ese tiempo, llamé al Dr. Claudio para pedirle que me de los resultados por teléfono, total, ya teníamos la confianza para hacerlo y como estaba segura de que no había nada comprometiendo ni mi salud, ni mi estado de ánimo, creía que lo podía hacer a través del teléfono.

“No, necesito que venga Jessiquita, debo entregarle los resultados en persona. Venga con Santiago por favor “. El Dr. Claudio ya conocía a Santiago, mi esposo, desde hace varios años atrás. Creo que se llevaron bien desde siempre, porque en cada visita al Dr. Claudio, ellos se acordaban de momentos que habían compartido, así como personas que conocían en común. Ciertamente, ambos disfrutaban de su amistad y compañia, talvez más de lo que yo disfrutaba de la consulta y la mesa ginecológica.

El resultado del histopatológico llegó en un sobre cerrado. El Dr. Claudio lo había abierto. Sabía de qué se trataba todo esto. Me entregó el resultado del examen, solamente alcanzó a decirme, “ Jessiquita, esto tiene que hacerse lo más rápido posible. Le voy a recomendar con el mejor cirujano oncólogo que tenemos, el Dr. Luis.”

¿Oncólogo?  ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Cáncer? ¿Cuánto tiempo me queda de vida después de esta noticia? ¿Sabré aprovechar bien el tiempo que me queda?  ¿Qué decirles a mis hijos? ¿Con quién se quedarían cuando me vaya? ¿Y Santiago? ¿Alcanzará a vivir sin mí? ¿Y yo sin él? La vida pasa frente a ti en 10 segundos y tienes que proyectar cómo será tu vida después de este evento. ¿Hay solución?, ¿Posibilidad de cambiar, de mejorar, de vivir una vida con calidad antes que cantidad de vida? Nadie sabía cuánto tiempo quedaría, nadie sabía si habría vida después de eso. Nadie.

Valor, temor, decisión, preocupación, fueron días muy difíciles para todos. Las guaguas no sabían qué era lo nos oprimía el corazón, no tenían que saberlo tampoco.  Con sus 11 y 7 años de edad, no podíamos explicarles con detalle aquello a lo que estábamos haciéndole frente ahora. No sabíamos si continuar como si todo estuviera bien o si prepararles para una posible pérdida. El dolor era demasiado grande y la pena demasiado profunda. Les dijimos que me harían una cirugía menor, que lo lindo era que podían estar mucho tiempo conmigo porque pasaría algunos días en casa, esa fue la excusa perfecta para desviar su atención de todo lo que el ingreso a la clínica, la cirugía y sus posibles complicaciones implicaba. El Dr. Luis estaba extasiado con el caso tan particular que tenía frente a él. Un cáncer que sólo ataca a mujeres de más de 65 años de edad y ese día, había una paciente de tan solo 42 años con aquel extraño diagnóstico y con un temor tan grande de no poder sobrellevarlo.

Santiago es mi fortaleza, ese día lo corroboré, lo descubrí, lo valoré y lo amé talvez más de lo que lo había hecho desde que nos conocimos. Gracias a él, a su soporte tan grande, hoy estoy aquí, haciendo frente a la vida, dando testimonio de valor y de amor. Hoy, sigo en mis controles periódicos de este cáncer que transformó mi vida, mis creencias, mi forma de vivir. Hoy, todo es intenso, mis emociones, mi día a día, mis expresiones, mi manera de llevar este paso a la eternidad, como yo le llamo a la vida. Hoy vivo cada minuto como si fuera el último, no estoy segura de si llegará el día de mañana o si yo estaré aquí para disfrutarlo con quienes son mi mundo entero, mis guaguas y mi novio. Desde esa fecha y para siempre, agradezco haber tenido un nuevo inicio, lo vivo al mil por ciento sin dañar a nadie. Desde ese día, cada día para mi es, una nueva oportunidad.

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